Rituales y métodos

Me preparo un café (con poca leche y demasiado azúcar); puede que el segundo, el tercero o el cuarto del día. Nunca el primero, ése seguro que ya me lo he tomado entre sueños aún nítidos, legañas y los titulares del día. Me ducho, agua fría de mayo a octubre, templada de noviembre a abril. Enciendo el portátil. Me enciendo a la vez un pitillo mientras se cargan los innumerables programas, Spotify, GMail Notifier, y algunos otros que desconozco y que hasta la siguiente limpieza de disco no descubriré. Saboreo (aunque cueste de creer) las últimas bocanadas de humo. Me lavo los dientes. Me siento en la silla. Y ahora, justo ahora y no antes, empieza mi ritual.

Despejo mi cabeza, estiro los brazos en ángulos que uno sólo es capaz de hacer cuando aún está aletargado, y crujo mis dedos; mal hábito, lo sé, igual como el pitillo de la mañana. Cierro los ojos con fuerza un par de segundos, repaso el teclado con la punta de los dedos, como palpándolo, como tanteando el terreno, una simple manera de (re)conocer el terreno. Abro el documento, o el proyecto de MemoQ, Trados, DéjàVu o el programa que se tercie. Abro mi explorador y dejo abiertas en pestañas las cuatro, cinco, hasta siete páginas que sé que consultaré a lo largo del proceso.

Me enfrento al texto, a mi futura traducción (aunque hay veces que ya casi la visualizo) con la cabeza limpia, la mente fresca, los ojos chispeantes y los labios que ya se mueven al ritmo de las palabras que sin querer pronuncio, esa oratoria inconsciente que sufrimos cuando la verbalización consecutiva en dos idiomas nos golpea; exactamente igual que cuando de pequeños nos repiten que se debe leer en silencio, y aún inseguros en la temible falta del habla cuando leemos, soltamos reprimendas interiores a las cuerdas vocales, y les sermoneamos «silencio, tengo que leer en silencio, es de niños bien educados no leer en voz alta el cuento, en silencio, en silencio.» Igual que de pequeños.

La traducción debe estar libre de quebraderos, mentales o emocionales; la traducción exige de ti que seas parcial, que vengas bien aseado y bien desayunado, que hayas ido al baño a hacer tus necesidades antes de empezar (eso también, como cuando somos pequeños y con las prisas de llegar al colegio, casi se nos olvida esa norma sagrada). Porque las palabras, el texto, las ideas, seguirán impasibles allí, en la pantalla; pero tú no, tú estarás pensando en tus cosas, o en el baño, o hablando por teléfono o contestando correos. Y si ellas están, pero tú no, puede que te pierdas ese momento de lucidez con el que ganas la batalla a la diferencia lingüística y cultural que en resumen es tu oficio. Ya lo decían los genios de verdad, los de otra época: «Que la inspiración te pille trabajando.»

No niego la necesidad, casi biológica, de alejarte del tango de las palabras, del vaivén lento pero constante de letras, comas y acentos. La página blanca da miedo, pero hay que saber también gestionar la página teñida del negro de las palabras, hay que tener una estrategia, un objetivo, una esperanza. Hay que alejarse del tango, o la milonga, de las palabras cuando ves que martilleas el teclado sin espasmos, sin acelerones y cambios de marcha. Mala señal. Hay que levantarse, mirar por la ventana, allí a lo lejos, hacer como que no piensas en esa expresión que se te ha atascado, hacer como que no piensas pero pensando. Pero eso es cuando ya estás con las manos sucias, cuando la batalla entre las palabras escritas y las que aún están por escribir está en pleno apogeo. Antes, cuando aún hay paz, o tregua, o guerra fría, como quiera llamársela,  cuando aún estás, o crees estar, en posición de decidir, de controlar, de hacer y deshacer a tu antojo porque aún es pronto, y te acabas de tomar el último y frío sorbo de café, antes de todo eso, uno debe tener sus rituales y métodos para enfrentarse a la traducción con la mente y el corazón limpios limpios limpios como nuestro oficio.  Estos son los míos.

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