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Mi cuaderno de vacaciones Santillana

Llega ese momento del verano en que uno mira el calendario y se da cuenta que el septiembre está a la vuelta de la esquina; y con él, la hora de afrontar el siguiente curso con libretas, agenda y bolígrafos nuevos. Aunque mis tiempos en la escuela quedan ya bastante lejos, no puedo reprimir ese leve escalofrío de expectación ante lo que me puede deparar en los próximos doce meses. Las vacaciones (aunque como buen profesional autónomo, debería decir «mini-vacaciones») me han permitido echar la vista atrás y reflexionar sobre lo que he intentado y logrado durante los últimos doce meses, especialmente a partir de enero, cuando empecé mi aventura como traductor autónomo. Pues bien, tal y como imaginaba, los resultados han sido mucho más sorprendentes y satisfactorios de lo que me esperaba.

Empecemos por el principio, que siempre ayuda: el septiembre pasado, una vez acabado el posgrado, me fui dos meses a Londres para trabajar como becario en el departamento de traducción al español de la Organización Marítima Internacional. El respeto/miedo que me imponía esta oportunidad mientras cruzaba el Canal de la Mancha era enorme, para qué voy a negarlo. Sin embargo, ese respeto/miedo se convirtió en auténtica euforia tras mi primer día de trabajo. Recuerdo la primera vez que puse un pie en el número 4 de Albert Embankment y fui recibido por el jefe del departamento: el buen ambiente y la pasión por el trabajo de cada uno de mis magníficos compañeros se hicieron evidentes desde el minuto uno.

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Durante mi tiempo allí, descubrí infinidad de cosas acerca del funcionamiento de un organismo internacional, pude traducir (y por lo tanto aprender) sobre relaciones internacionales, medidas de prevención y seguridad en aguas internacionales, transporte marítimo, etc. Tuve la oportunidad de asistir, ni más ni menos que desde una cabina de interpretación, a reuniones y sesiones de control de los representantes de todos los países integrantes en que se debatían asuntos cruciales y muy interesantes referentes a los protocolos y leyes que rigen el transporte marítimo, y conocer de primera mano los entresijos de un ámbito, el de la traducción en organismos internacionales, por el cual todos los traductores e intérpretes sienten (o han sentido en alguna ocasión) una inmensa curiosidad. Sin duda, una experiencia enriquecedora y que he tenido un gran impacto en mi enfoque profesional.

Paralelamente a mi pasantía en la OMI, estuve inmerso en otra magnífica experiencia que aparecía en mi lista de cosas que quiero hacer a lo largo de mi vida: la traducción de un libro. Se trata de «Deadly Medicines and Organized Crime», del doctor Peter Gøtzsche, publicado por Los Libros del Lince. Se trata de un libro rebelde, crítico y que no va a dejar indiferente a ninguno de sus lectores, que espero que sean muchos. Era la primera vez que me enfrentaba a una tarea de tamaña complejidad y exigencia, así que durante unos cuantos meses di lo mejor de mí para hacer justicia a dos ejes fundamentales en cualquier libro: al autor y al editor, cuya pasión por el proyecto no merecían menos que mi entero compromiso con la traducción. El libro está recién salido del horno, y lo podréis encontrar en los estantes de las librerías (físicas y virtuales) a partir del 1 de septiembre.

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Por cierto, la presentación del libro se va a realizar en Barcelona el 8 de septiembre en el Institut d’Estudis Catalans, y en Madrid el día 9 de septiembre en la sede de OCU. Para más detalles, podéis consultar el dossier de prensa.

Si mi andadura profesional acabara aquí, mi yo del pasado ya se daría por satisfecho. Afortunadamente, si algo no me ha faltado ha sido trabajo. En febrero empecé a trabajar como traductor y localizador de catalán para una gran empresa internacional y, aunque por razones de confidencialidad no puedo desvelar su nombre ni las tareas que desempeño para ellos, dejadme simplemente dejar constancia de que me encanta.  Además, colaboro regularmente con un par de agencias de confianza como traductor jurado, lo que me saca el gusanillo de la traducción de certificados, documentos y patentes, algo que siempre me ha gustado mucho.

Estoy exactamente donde hace un año soñaba estar: he acumulado experiencia y vivencias absolutamente enriquecedoras tanto a nivel personal como profesional,  me he embarcado en proyectos con los que había fantaseado durante toda mi etapa universitaria y he hecho realidad mi principal objetivo: poder decir con satisfacción que me gano la vida con lo que más me gusta.

Pero el conformismo es algo que no va conmigo, por lo que tengo una lista enorme de cosas pendientes: nuevos proyectos, nuevos clientes, nuevas ideas. Sin ir más lejos, estoy trabajando en definir mi identidad corporativa y preparando la página web de Word It Up Translations, fundamentales para seguir adelante y proyectar  una idea clara de los servicios que ofrezco y los ideales profesionales en los que creo.

¿Quién dijo miedo?

¡Buena rentrée a todos!

La generación RLTI: Recién licenciados en Traducción e Interpretación (II)

Vuelvo al blog con la segunda parte de una serie de entradas destinadas a presentar la situación profesional, los intereses y el día a día de mis (ex)compañeros de facultad. Todos ellos empezaron a estudiar el mismo año que yo, uno antes, o uno después, pero en los últimos años han ido desarrollando caminos y perfiles diferentes. En la primera hablé con tres de ellos, y en esta ocasión vuelvo para presentaros a tres más. Espero que disfrutéis con sus respuestas.

 

GLÒRIA DOMENECH

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@gloriatrad

https://www.linkedin.com/in/gloriadomenech

Glòria tiene 24 años, y es traductora audiovisual y literaria. Sus lenguas de trabajo son el inglés y el alemán hacia el español y el catalán. Se declara una enamorada del cine y la literatura, pero también le encanta la fotografía, viajar y aprender nuevos idiomas. Como ella misma explica, sus especializaciones no son más que un evidente reflejo de sus pasiones.

Cuando le pregunto por qué decidió estudiar la carrera de traducción e interpretación, explica que fue casi amor a primera vista: «Solo recuerdo que al conocer que existía la carrera de traducción, supe que era lo que quería hacer. Durante mi época universitaria fui muy feliz al constatar que había escogido la carrera que me gustaba y la profesión a la cual quería dedicarme plenamente, ¡convicción que espero no abandonar nunca!» A pesar de eso, afirma que, igual que otros compañeros, experimentó «lo que es ser “escupido” del mundo universitario al mundo profesional con más ilusión que orientación y en un contexto de crisis económica. Entonces fue cuando me di cuenta de qué tener una licenciatura en Traducción e Interpretación no es la panacea.» Fue en ese momento de vacilación cuando vio la necesidad de realizar un máster, en gran parte para especializarse «puesto que en la carrera se da un repaso general a muchos ámbitos, y (tengo que confesarlo) por miedo al vacío.» Esto es un sentimiento mucho más generalizado del que nos gustaría creer y que, dejando los debates éticos y profesionales de lado, en ocasiones uno mismo duda si se trata de la decisión correcta llevada a cabo por los motivos correctos (esta es la opinión del que escribe). No obstante, Glòria se lanzó: «Hice el Máster Oficial de Traducción, Interpretación y Estudios Interculturales de la Universitat Autònoma de Barcelona, especializado en traducción audiovisual y traducción literaria. Os puedo decir de este máster que puede ser muy útil si procedéis de otros ámbitos y queréis adentraros en el mundo de la traducción, pero en mi caso, considero que no fue una elección acertada: presentaciones superficiales y teóricas de muchos temas en los que yo querría haber profundizado y repetición de conceptos ya asimilados durante la carrera de traducción. Conclusión: visto mi gran interés por la traducción audiovisual si fuera a escoger ahora optaría por un máster en traducción audiovisual.» Y añade: «Un traductor no puede dejar nunca de aprender y, por eso, me apunto a cursos constantemente para enriquecerme como profesional y para no perder el vínculo estrecho con mi profesión, aunque a veces, entre encargo y encargo puedo pasar algún tiempo más centrada en la docencia

Como Glòria es de los que, como yo, cree que la formación continuada y las ganas de aprender y mejorar son los principales motivos para crecer como profesional, sus ganas de seguir mejorando no quedaron ahí: «Acabo de terminar el curso de Traducción audiovisual de guiones para cine y TV (EN>ES) impartido por Trágora Formación y he podido poner en práctica mis conocimientos y ver de cerca los entresijos de la traducción para doblaje y voice over, de modo ahora sé que puedo enfrentarme a un encargo de este tipo sin problemas

Con un ramalazo digno de Jose Luis Perales, le pregunto eso de “¿Y quién es él? ¿A qué dedica el tiempo libre?”, aunque cambiando él por ella, y tiempo libre por horas de trabajo. «Actualmente compagino mi trabajo de traductora autónoma con la docencia de inglés y alemán en un centro examinador oficial de la Universidad de Cambridge, por aquello de diversificarse y no poner todos los huevos en la misma cesta. Últimamente he realizado varios encargos de subtitulación de películas y documentales al español y al catalán para un estudio de doblaje y también traducciones literarias del inglés y del alemán.» (N. d. T. Viendo lo ocupada que está, y el empeño que pone a todos sus trabajos, igual hubiera sido más fácil volver a la frase inicial y preguntarle a qué dedica el tiempo libre.) Esta energía y pasión por lo que hace, evidentemente, tienen una motivación muy clara. «Mi objetivo no a muy largo plazo es poder afianzar una cartera de clientes para dedicarme enteramente a la traducción por cuenta propia combinando encargos de traducción audiovisual y traducción literaria

Antes de acabar, le pregunto sobre su opinión sobre la necesidad de formar parte de una asociación profesional. Aunque ya conozco la respuesta (puesto que Glòria y yo somos oficialmente «el duo dinámico de las charlas de traducción), responde: «Recomiendo encarecidamente formar parte de alguna porque, en un trabajo tan individualista y con lo solitaria que puede llegar a ser la jornada laboral de un traductor autónomo, intercambiar ideas, consultas, dudas, recomendaciones, etc. entre colegas de profesión supone un gran pilar de soporte moral para el traductor autónomo. En mi caso, hace dos años que soy socia de APTIC y, aunque debido a mi jornada laboral y a mi lugar de residencia puedo asistir a pocos de sus actos, me compensa el hecho de saber que formo parte de un colectivo de profesionales de mi sector. Además, algunos de los encargos que he realizado me han surgido gracias a aparecer en la base de datos de traductores de APTIC

 

GEMMA BELTRAN

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gbeltran.traducciones@gmail.com

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www.gemmatraductora.com

 Gemma tiene 25 años y nació en Barcelona, aunque actualmente vive en Vilanova i la Geltrú. Siempre supo que quería ser traductora o intérprete, y confiesa que su sueño, «evidentemente, era el de llegar a las Naciones Unidas». Enamorada de la lengua y la cultura árabes, de viajar, leer y traducir, actualmente está empezando su andadura como autónoma, tras algunas experiencias como traductora en plantilla.

Ahondando un poco más en sus motivaciones para dedicarse a esta profesión, Gemma cuenta: «Siempre había soñado con ser intérprete y de hecho mi intención era estudiar un máster de Interpretación de Conferencias. Pero también quería tener alguna experiencia laboral antes de volver a enfrascarme con un máster complicadísimo, así que fui buscando prácticas de traducción que luego se enlazaron con un trabajo también de traductora.» Y resalta que se ha dado cuenta de que «las cosas van saliendo aunque tú hayas previsto un desarrollo de los acontecimientos completamente diferente

«Con la idea de las instituciones internacionales y poder trabajar en ellas» decidió estudiar a distancia el máster de Traducción Profesional e Institucional de la Universidad de Valladolid. «Sobre el papel es un máster muy interesante ya que tiene un montón de horas de traducción especializada (jurídica, médica, técnica y audiovisual), además de traducción institucional. Sin embargo, para mi gusto es un máster demasiado general  (había clases de Lingüística, o de introducción a las herramientas TAO, que a cualquier traductor que hubiera pasado por una facultad de TeI le hubieran parecido meros déjà-vus.)» Hablando de los elementos positivos, sin embargo, destaca que «nos visitaron varios traductores de la Comisión, del Parlamento Europeos que nos dieron charlas muy interesantes y además pudimos visitar el Centro de Traducción de los Organismos de la Unión Europea en Luxemburgo y también visitar la DGT en abril del año pasado

Actualmente es traductora e intérprete autónoma. Hasta hace poco trabajaba como asistente de dirección e intérprete de enlace para una empresa turca de materiales de construcción, «pero necesitaba un cambio y decidí probar suerte trabajando por mi cuenta».

Como el tiempo es oro, y Gemma sabe cómo aprovecharlo, durante la carrera pasó «Durante la carrera pasé un año en Burdeos y seis meses en Beirut», experiencias que recomienda al 100 %. «He pensado muchas veces en marcharme del país o incluso he contemplado la opción de instalarme en otra zona de España, he enviado varios currículums al extranjero y he pasado algunas selecciones pero de momento, mi máxima es: “si puedo encontrar trabajo aquí, no quiero irme a otra parte.” Si la cosa va a peor, volveré a pensármelo.»

Cuando le pregunto sobre la infame cuestión de las buenas y malas decisiones, Gemma lo tiene claro: «Hablar de buenas o malas decisiones no me gusta porque considero que todo tiene un sentido, y si no lo tiene, intento buscárselo para no amargarme la vida. La verdad es que a día de hoy diría que estudiar el máster no fue “la panacea del mundo mundial” pero también tuvo sus cosas buenas. Y de algún trabajo que me ha desagradado más que otro he aprendido valiosas lecciones como por ejemplo, saber lo que NO me gusta para poder reconducir mi vida profesional hacía aquello que SÍ me gusta

Y sobre la importancia de asociarse, por aquello del asóciate y vencerás (era así, ¿verdad?) Gemma, que es socia de APTIC desde 2011, afirma que está muy contenta de serlo: «Ofrecen muchísima formación, charlas y cursos muy interesantes, lista de distribución… en definitiva, para mí es una forma de estar al corriente de la profesión y una forma buenísima de colaboración y contacto. »

 

HELENA FRANCO

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 Helena tiene 24 años y nació en Barcelona, es licenciada en Traducción e Interpretación y graduada profesional en música. «Soy traductora autónoma e intento hacerme un lugar en el mundo de la traducción con mi proyecto personal Tradulecto. Me interesa especialmente la traducción en el ámbito musical y didáctico, y en el ámbito publicitario-empresarial. También me entusiasma viajar, por lo que me apasiona traducir textos turísticos y gastronómicos

Helena terminó su licenciatura en junio de 2012, después de estar seis meses de prácticas en una agencia de traducción de Barcelona. «En ese momento quedó vacante un puesto como Gestora de Proyectos que me ofrecieron y que cogí sin pensármelo ni un momento. Fue la decisión más sabia que he tomado, aunque por aquél entonces ya era consciente que en ese puesto no iba a traducir mucho.» Fue precisamente como gestora de proyectos cuando aprendió casi todo lo que sabe sobre el mundo de la traducción: «nuevas tecnologías, herramientas TAO, otras herramientas terminológicas y de ayuda al traductor, habilidades de ventas y atención al público, además de un sinfín de capacidades que adquirí gracias a ese puesto, al que estoy terriblemente agradecida». Y añade: «Fue mucho más instructivo que cualquier máster, que no pude hacer por falta de tiempo. Ahora me planteo hacer alguno en un futuro, pero la verdad es que no estoy segura de en qué quiero especializarme y, si algo he aprendido, es que igual que el hábito no hace al monje, un máster tampoco».

Pero los caminos inescrutables del destino aún le tenían alguna que otra sorpresa: «En julio de 2013 le surgió una oportunidad en Croacia a mi pareja. Cansada de no traducir y del estrés derivado del cargo, decidí que era un buen momento para un cambio. Fue algo imprevisto, pero significó el inicio de mi proyecto. Por otro lado, la oportunidad de aprender una lengua poco usual apareció. Puede que el serbocroata me abra puertas en un futuro. ¿Quién sabe?» Una vez instalada en una magnífica isla de playas y calles paradisíacas (aquí soy yo, Pau, quien suspira), Helena decidió emprender su «pequeño y modesto proyecto», Tradulecto. «Para ello leí millones de páginas, consejos, etc. Monté mi currículum, mi página web y poco a poco los proyectos han ido surgiendo. Como siempre, uno no pasa de 0 a 100 en un santiamén, pero con constancia y perseverancia, parece que todo da fruto.» Sobre el sistema de trabajo y de vida que supone trabajar como autónomo, Helena, que ha estado a ambos lados del espectro, afirma: «Me gusta trabajar como autónoma, lo prefiero. Pero trabajar en una oficina con compañeros y gente que apoya tus decisiones tiene ventajas y proporciona más seguridad económica (o solía proporcionarla)». Y añade, directa: «La realidad es que como autónoma ni ha sido ni es fácil. Primero están las cuotas de autónomos de España, que al menos para los jóvenes son algo más reducidas (pero siguen siendo más altas que en otros países). Luego, la realidad: uno no llama a tres puertas y se le abre una. La realidad es que hay que llamar a mil puertas para encontrar una entreabierta. Y eso a veces desespera y mina la moral. Pero al final te das cuenta de que el esfuerzo es esfuerzo y acaba dando frutos. Una de las mejores decisiones que he tomado en estos últimos meses ha sido preparar un plan de marketing así…casero (por no decir otra palabra), además de conservar contactos que tenía de mi antiguo trabajo. Hago seguimiento de todo aquello que hago o solicito, de mis candidaturas. Y parece que me ha funcionado.» Por ahora, explica, no ha tomado ninguna mala decisión; «pero sí daría un consejo: hay que estar muy alerta económicamente hablando. La mayoría de los traductores no dominamos a la perfección las finanzas, y no tenemos mucho asesoramiento al trabajar por cuenta propia.»

Por último, le pido su opinión sobre la situación actual del mercado de la traducción. Ella me cuenta que considera que es crítica, pero que cree que tiende a mejorar. «Las empresas grandes empiezan a tomar conciencia de la importancia de una buena traducción y creo que gracias a la formación que se ofrece actualmente a la larga la profesión quedará mejor consolidada.» No obstante, y como apunte final, deja un aviso para navegantes: «Pero actualmente, además del ya conocido intrusismo laboral, sigue habiendo quien ofrece tarifas ridículas y sigue habiendo quienes las aceptan

 

 

Una vez más, aprovecho para agradecer la voluntad y el tiempo que han dedicado las tres para realizar estas entrevistas. ¡Gracias, chicas!

 

More to come…

La generación RLTI: Recién licenciados en Traducción e Interpretación (I)

Vuelvo al blog con la primera de una serie de entradas que me hacen especial ilusión. El planteamiento es simple: juntar unos cuantos amigos y compañeros de universidad y pedirles que me expliquen cómo les va la vida. Algo tan simple como eso. Hace tiempo que me rondaba por la cabeza la idea de publicar algún escrito acerca de la situación con la que nos encontramos los recién licenciados en Traducción e Interpretación, pero tenía claro que se trataba de una tarea harto difícil si exclusivamente de mí dependía. Así que caí en la cuenta que no habría nada mejor que tirar de la ayuda de mis antiguos compañeros de clase (no sólo de clase: también de tardes de sol en el césped, de cenas, de fiestas y de la ocasional desesperación universitaria) para que, mediante sus experiencias y opiniones, pudiera ofrecer una perspectiva más general sobre nuestra situación. ¿Quién dijo miedo? Lejos de buscarle los tintes sociológicos, este pequeño ejercicio no es más que una conversación distendida delante de un café humeante, pero con fronteras (virtuales y geográficas) de por medio.

Todos ellos empezaron a estudiar la licenciatura de Traducción e Interpretación en la UAB el mismo año, un año antes o un año después que yo, por lo que en resumen compartimos asignaturas, profesores y también pasión por las lenguas. A partir de ahí (y eso es lo que más me interesa) cada uno perfilará, con sus palabras, las mil y una puertas que se nos han ido abriendo tras nuestro paso por la universidad.

MARC PONS SINTES

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traducciomarcpons@gmail.com
http://www.linkedin.com/in/traducciomarcpons

Marc tiene 23 años y nació en Maó (Menorca), aunque ya hace más de cinco años que vive en Barcelona. Dice estar contento de poder dedicarse a lo que más le gusta: los idiomas y la traducción. Esto, junto con su pasión por la lectura y las nuevas tecnologías, ya dan ciertas pistas para conocer su perfil profesional. Explica que desde que iba al instituto «tenía muy claro que quería estudiar Traducción e Interpretación.» Durante los dos últimos años de licenciatura, tuvo la suerte de poder combinar las clases con la vida profesional como freelance, a pesar de que tuvo que «hacer malabarismos» entre la universidad, los primeros encargos, las prácticas profesionales en Europa Press de Cataluña y las clases de griego moderno en la Escuela Oficial de Idiomas. «Mi primer cliente llegó el día menos pensado y totalmente por casualidad. Aunque me ofrecía proyectos de forma regular, no tenía una jornada completa de trabajo, pero me iba bien para poder compaginarlo con los estudios.»

Pero claro, hay algo que es casi inexorable en la vida de cualquier estudiante universitario: el momento en que uno se da cuenta que se acerca el final de la carrera. ¿Qué le pasó por la cabeza a Marc? «Me invadió una sensación extraña, como si me lanzara al vacío, donde tenía que buscarme la vida con mis propios recursos». Tomó la firme decisión de formarse en lo que más le gustaba y se matriculó en el Máster de Tradumática de la UAB: «Fue una elección acertadísima, porque me ofreció una formación especializada que profundizaba en los conocimientos adquiridos durante la licenciatura, y me abrió las puertas a nuevas oportunidades laborales.»

Aunque tiene una mente muy clara, no ha logrado evitar tener que responder a una pregunta digna del diván de una consulta de psicólogo. ¿Cuál crees que ha sido tu peor decisión durante estos últimos años? «La peor decisión, aunque tampoco me arrepiento completamente de ello, la tomé durante la carrera. Escogí el alemán y el chino como lenguas de trabajo y tal vez debería haberlo meditado un poco, porque al principio tenía muchas ganas por aprender chino, pero con el tiempo fui perdiendo el interés y lo he dejado aparcado. Es una lástima, porque son cientos de horas las que he dedicado a estudiarlo.» Y añade, con humildad: «¡Aunque al menos puedo decir que tengo unas nociones básicas de chino!»

Marc es socio de APTIC desde hace dos años, y recomienda a los estudiantes de Traducción e Interpretación que «formen parte de cualquier asociación profesional (APTIC, ASETRAD, ATIJC, ACE Traductores, etc.) para estar al día de lo que sucede en el mundo profesional y para mejorar el reconocimiento de nuestro sector.»

Actualmente Marc se dedica exclusivamente a proyectos de traducción, localización y corrección, y está encantado con la vida del traductor autónomo: «Si trabajas como freelance, en cierto modo estás obligado a renovarte y a ser activo: al fin y al cabo, eres empresario, el jefe de tu propia empresa. Me considero una persona activa y siempre busco progresar y me voy marcando nuevas metas para crecer profesionalmente. En estos tiempos de crisis hay muchos sectores profesionales afectados, pero tal vez el de la traducción y la interpretación no sea el que más haya sufrido, y hay una oferta creciente en este campo.»

 Cuando le pregunto si ha pensado en irse al extranjero, dice que no. «Tengo mi vida establecida entre Barcelona y Menorca y me siento cómodo.»


PIEDAD ROMÁN

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Piedad tiene 26 años y actualmente trabaja como Executive AssistantQueda más guay en inglés», puntualiza) en una empresa de software para el sector de la logística. «En realidad no tengo un puesto definido porque también me ocupo de algunas de las iniciativas de marketing y ayudo a introducir la empresa en otros mercados, en especial en el Reino Unido.» Piedad, quizás sin saberlo, ha entrado a formar parte del colectivo de #tradurunners: «Mi última afición es correr porque es en el único momento del día donde no me siento dispersa y me concentro en un objetivo

Los motivos por los que decidió estudiar Traducción e Interpretación y no dedicarse, por decir algo, al atletismo olímpico, son los siguientes: «Sabía que la carrera en un medio perfecto para aprender otros idiomas. Mi idea de aprender muchos idiomas se correspondía básicamente con la intención de ayudar a  difundir alguna idea (propia o ajena) en varios países. Por eso ahora me siento bastante realizada poniendo mis idiomas al servicio de una pequeña empresa local con un gran producto.» Echando la vista atrás, sin embargo, Piedad afirma que quizás sí cambiaría algunas cosas; o mejor dicho, haría algunas cosas de manera algo diferente: «Me arrepiento de no haber cursado la carrera en el extranjero y de no haber sido más exigente conmigo misma por el hecho de que la carrera no exigía mucho de mí

Cuando le pregunto sobre si ha pensado en matricularse a un máster o a un posgrado, me responde con sensatez y honestidad. «No he hecho ningún máster pero puedo decir que he leído miles de programas de diferentes másteres y ninguno ha llamado suficientemente la atención. Creo que primero necesito comprobar por mí misma como puedo encajar en el mercado y después ya buscaré las herramientas

Sobre sus planes de futuro, Piedad me cuenta que le gustaría «trabajar como traductora de árabe, pero sé que será en un futuro bastante más lejano.» Y es que con el título universitario bajo el brazo, decidió irse a vivir dos años a Marruecos para continuar practicando idiomas. Lo que sí tiene claro es que su pasión por las muchas culturas con las que ha estado en contacto seguirá intacta: «En el futuro me gustaría volver a un país árabe ¡La adrenalina de comprar el pan en otro idioma me supera!»

 

CRISTINA SALA

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http://www.cristina-sala.com/
http://www.linkedin.com/in/cristinasalap
@cristinasalap

Cristina Sala tiene 24 años y es traductora autónoma del inglés y del alemán al español y catalán. Tras licenciarse en 2011, hizo el máster de traducción audiovisual en la UAB. Actualmente vive en Würzburg, Alemania. Cristina es una persona curiosa por naturaleza, entusiasta y exigente en el trabajo. «Me apasionan los idiomas, el arte, la moda, viajar y me siento afortunada de poder dedicarme a lo que me gusta, algo que me llena y con lo que aprendo cosas nuevas todos los días.»

Cristina tuvo claro desde el principio que quería dedicarse a la traducción. Explica que durante su etapa universitaria, en ocasiones tuvo la sensación de no poder dilucidar el funcionamiento real de la profesión: «Durante la carrera a veces da la sensación de que estás como en una burbuja, un poco aislada del mundo laboral, que no explota hasta que estás a punto de graduarte.»

Una vez acabada la licenciatura, afirma que «no sabía muy bien por dónde empezar una vez terminados los estudios. Lo que sí sabía es que quería hacer el máster en traducción audiovisual, porque es una rama que no tocamos nada en la carrera y siempre me había interesado.» ¿Fue una decisión acertada? Por supuesto: «Ahora solo puedo decir que no podría estar más contenta de haberlo hecho, aprendí muchísimo y fue una experiencia muy enriquecedora en todos los aspectos, así que lo recomiendo encarecidamente a todos los que quieran adentrarse en este mundo.»

«Actualmente estoy muy contenta de trabajar como traductora autónoma. Me dedico a lo que me gusta, ¿hay algo mejor que eso?» Sobre los inicios de su andadura como traductora autónoma explica: «Al empezar supongo que todos tenemos miedo a que no funcione y quizás no vemos muy claro si podemos conseguirlo, pero aunque los principios nunca son fáciles, lo que he aprendido es que si tienes paciencia y te empeñas, no paras de moverte y das lo mejor de ti en cada encargo, tarde o temprano llegan los resultados. Lo más importante es fijarse unos objetivos y no venirse abajo.» Sobre la capacidad de cumplir con tus objetivos, añade: «Como se dice siempre, un autónomo siempre tiene algo que hacer: si tenemos menos trabajo, podemos aprovechar el tiempo para formarnos, intentar conseguir nuevos clientes, actualizar nuestra página web, asistir a charlas, etc. En mi caso, me lo tomé muy en serio desde el principio. El feedback que recibí tras mi primer encargo no pudo ser más positivo y a partir de ahí empezaron a llegar más encargos de traducción, tanto del inglés como del alemán.» En resumen: «Todo lleva su tiempo, pero cuando empiezan a llegar los resultados ves que el esfuerzo merece la pena

Hablando de los aciertos y fallos de los últimos años, Cristina lo tiene claro: «Una de las cosas de las que me siento más orgullosa es no haber descuidado mi lengua C, el alemán. Ya en la carrera me esforcé al máximo para sentirme segura con ella y ahora puedo decir que he conseguido mi objetivo: tengo las dos lenguas de partida fuertes y traduzco regularmente desde las dos.» Pero el trabajo no acaba aquí, y Cristina profundiza en su experiencia más reciente: «Creo que para ser autónomo no basta únicamente con querer serlo. Es muy duro, hacen falta muchas ganas y mucho empeño, hay que tener carácter emprendedor, ser muy organizado y responsable, tener mucha, mucha paciencia y ser consciente de que ser traductor autónomo no significa únicamente traducir.» Y lo cierto es que lo ha conseguido, y no se arrepiente de haberse lanzado a la carrera de obstáculos que supone empezar a trabajar como autónomo. «Hay ciertos aspectos que a mí de momento me compensan: he aprendido a gestionar mi tiempo, a tratar con clientes, a ponerme límites a mí misma, casi no hay dos días iguales y puedo diversificar mucho más.»

Cristina dice tener una pequeña asignatura pendiente en cuanto a redondear su perfil como profesional de la traducción: «No pertenezco a ninguna asociación, aunque seguramente pronto solicitaré el ingreso a la BDÜ (Bundesverband der Dolmetscher und Übersetzer e. V.), la asociación federal de traductores e intérpretes de Alemania. Creo que es importante que existan este tipo de asociaciones, sobre todo porque facilitan el intercambio entre profesionales y contribuyen a dar un poco de visibilidad al sector.»

¡Muchas gracias, chicos, por vuestra paciencia y vuestro entusiasmo para formar parte de estas pequeñas entrevistas!

More to come…

I can see your true colours

Uno de los elementos más importantes a la hora de crear nuestra propia marca personal, y uno de los más estudiados y comentados en la actualidad, es la selección de los colores. Desde los inicios de la publicidad, se ha tenido muy en cuenta la asociación de los colores con determinadas reacciones, emociones o connotaciones.

Últimamente me he encontrado con multitud de artículos, estudios y teorías al respecto en internet, lo que me ha llevado a la pregunta de qué color (o colores) resultan más adecuados para la profesión de traductor o para mi enfoque de la profesión. Empujado por la curiosidad, he estado leyendo con cierto ahínco sobre este tema, y a su vez reflexionando a raíz de una pregunta tan sencilla como ¿qué color me representa? ¿cómo me gustaría proyectar la imagen de mí mismo como traductor?

Aún sin haber adquirido la experiencia o el conocimiento en profundidad sobre este aspecto del marketing, me gustaría plasmar con un par de pinceladas el proceso de selección de mi imagen personal / profesional como traductor.

Cada color evoca determinadas emociones y sensaciones a las personas. Evidentemente, existen tanto diferencias individuales (hay quien le tiene manía al verde porque sí) y socioculturales (el blanco en el mundo occidental simboliza pureza, mientas que en la cultura japonesa es el color funerario por excelencia); aún así, existen ciertos patrones, muy estudiados por los expertos en publicidad, que determinan la reacción de nuestros cerebros a diferentes estímulos visuales y cromáticos.

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Por eso, es tan importante en la actualidad escoger un color, o una combinación de colores, para nuestra página web, currículum, prospectos, etc. La elección de un color adecuado que aglutine y represente nuestra imagen personal es uno de los elementos más potentes para representar nuestra identidad y la de los productos o servicios que ofrecemos al mercado.

La idea general, por lo tanto, es que si escogemos con acierto un color para nuestra marca, este color puede acabar simbolizando nuestro producto. Conseguimos la simbiosis (comercial y publicitaria) perfecta.

 

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Imagen extraída de la entrada «Psychology of Color», del blog de HelpScout.net

 

No es necesario ceñirse a un único color. Algunas empresas líderes en su sector prefieren ser asociadas con cuatro (o más) colores; esta variedad implica diversificación, cualidad que cuaja perfectamente con empresas como Ebay, ya que ofrece una gran multitud de productos.

Después de haber consultado en diferentes fuentes especializadas, he creado este pequeño listado asociativo, donde aparecen los principales colores y los adjetivos que más habitualmente aparecen relacionados con ellos.

 

ROJO

Poder, pasión, amor, atrevimiento, agresividad, radicalidad

AMARILLO

Energía, luz, juventud, positividad, motivación, creatividad

NARANJA

Vitalidad, diversión, suavidad, verano, calidez, simpatía

VERDE

Serenidad, salud, prestigio, naturaleza, dinero

AZUL

Fiabilidad, responsabilidad, libertad, frío, confianza

PÚRPURA

Elegancia, eclecticismo, creatividad, misterio, nostalgia

MARRÓN

Otoño, naturaleza, rústico, proximidad, libro, biblioteca, sencillez, durabilidad

BLANCO

Pureza, suavidad, limpieza, elegancia, nobleza

NEGRO

Prestigio, lujo, sofisticación, lujo, atemporalidad

 

En el estudio «Impact of colour in marketing», de Satyendra Singh, se descubrió que el 90% de las primeras impresiones respecto a los productos estaban basadas en el color.

No se trata tanto del color por sí mismo, si no de saber (o predecir) la reacción de los consumidores ante el color escogido. Es un ejemplo simplón, pero no falaz: si Harley Davidson, una de las marcas comerciales que ha acabado siendo más que un producto, una filosofía de vida, hiciera un cambio radical de imagen y decidiera diseñar todas sus motos de color rosa y con purpurina, ¿qué pasaría? Como ya he dicho, es el sentimiento o el estado de ánimo que proyecta una determinada marca lo que a menudo juega un rol más importante en la persuasión.

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¿Y cómo se aplica esto al sector de la traducción? Reformulo la pregunta: ¿cómo aplicaría yo todo esto a la hora de crear mi marca personal como traductor?

Sin querer, hace ya casi un año, cuando empecé este blog, dudé mucho de la plantilla, los colores y el estilo que quería darle. Aún así, y como creía (y sigo creyendo) que por encima de la apariencia o la faceta estética está el indudable poder del contenido, modifiqué tres veces los colores durante los primeros meses. Finalmente, y gracias a un golpe de inspiración un poco inconsciente, opté por los tonos tierra, viendo que me sentía cómodo con el juego entre el marrón chocolate, el caqui, y el contraste del blanco y el negro como contrapunto. Para mí, el marrón me evoca calidez, recogimiento, un poco la vaga imagen de la serenidad de encontrarse leyendo en medio de una inmensa biblioteca; el marrón me hace pensar en la madera del lápiz con el que anoto ideas, en el lomo de los libros antiguos. En definitiva, me inspira algo a lo que yo aspiro.

He aquí la solución a mi ecuación de segundo grado: sin querer, a base de pruebas, cambios y intuición, me di cuenta que (al menos por ahora) me siento cómodo con toda la paleta de colores tierra. Lo más importante de todo, y en especial en un aspecto tan subjetivo y diáfano como este, es no engañar. Y menos aún, engañarse a uno mismo.

 

A continuación dejo una breve lista de artículos que tratan sobre este tema, los que he usado para informarme:

–          The Psychology of Color in Marketing and Branding

–          A Guide to Choosing Colors for Your Brand

–          What Your Brand Colors Say About Your Business

–          Brand Identity: The Importance of Color

–          What’s the Color of Your Personal Brand?

 

 

Rituales y métodos

Me preparo un café (con poca leche y demasiado azúcar); puede que el segundo, el tercero o el cuarto del día. Nunca el primero, ése seguro que ya me lo he tomado entre sueños aún nítidos, legañas y los titulares del día. Me ducho, agua fría de mayo a octubre, templada de noviembre a abril. Enciendo el portátil. Me enciendo a la vez un pitillo mientras se cargan los innumerables programas, Spotify, GMail Notifier, y algunos otros que desconozco y que hasta la siguiente limpieza de disco no descubriré. Saboreo (aunque cueste de creer) las últimas bocanadas de humo. Me lavo los dientes. Me siento en la silla. Y ahora, justo ahora y no antes, empieza mi ritual.

Despejo mi cabeza, estiro los brazos en ángulos que uno sólo es capaz de hacer cuando aún está aletargado, y crujo mis dedos; mal hábito, lo sé, igual como el pitillo de la mañana. Cierro los ojos con fuerza un par de segundos, repaso el teclado con la punta de los dedos, como palpándolo, como tanteando el terreno, una simple manera de (re)conocer el terreno. Abro el documento, o el proyecto de MemoQ, Trados, DéjàVu o el programa que se tercie. Abro mi explorador y dejo abiertas en pestañas las cuatro, cinco, hasta siete páginas que sé que consultaré a lo largo del proceso.

Me enfrento al texto, a mi futura traducción (aunque hay veces que ya casi la visualizo) con la cabeza limpia, la mente fresca, los ojos chispeantes y los labios que ya se mueven al ritmo de las palabras que sin querer pronuncio, esa oratoria inconsciente que sufrimos cuando la verbalización consecutiva en dos idiomas nos golpea; exactamente igual que cuando de pequeños nos repiten que se debe leer en silencio, y aún inseguros en la temible falta del habla cuando leemos, soltamos reprimendas interiores a las cuerdas vocales, y les sermoneamos «silencio, tengo que leer en silencio, es de niños bien educados no leer en voz alta el cuento, en silencio, en silencio.» Igual que de pequeños.

La traducción debe estar libre de quebraderos, mentales o emocionales; la traducción exige de ti que seas parcial, que vengas bien aseado y bien desayunado, que hayas ido al baño a hacer tus necesidades antes de empezar (eso también, como cuando somos pequeños y con las prisas de llegar al colegio, casi se nos olvida esa norma sagrada). Porque las palabras, el texto, las ideas, seguirán impasibles allí, en la pantalla; pero tú no, tú estarás pensando en tus cosas, o en el baño, o hablando por teléfono o contestando correos. Y si ellas están, pero tú no, puede que te pierdas ese momento de lucidez con el que ganas la batalla a la diferencia lingüística y cultural que en resumen es tu oficio. Ya lo decían los genios de verdad, los de otra época: «Que la inspiración te pille trabajando.»

No niego la necesidad, casi biológica, de alejarte del tango de las palabras, del vaivén lento pero constante de letras, comas y acentos. La página blanca da miedo, pero hay que saber también gestionar la página teñida del negro de las palabras, hay que tener una estrategia, un objetivo, una esperanza. Hay que alejarse del tango, o la milonga, de las palabras cuando ves que martilleas el teclado sin espasmos, sin acelerones y cambios de marcha. Mala señal. Hay que levantarse, mirar por la ventana, allí a lo lejos, hacer como que no piensas en esa expresión que se te ha atascado, hacer como que no piensas pero pensando. Pero eso es cuando ya estás con las manos sucias, cuando la batalla entre las palabras escritas y las que aún están por escribir está en pleno apogeo. Antes, cuando aún hay paz, o tregua, o guerra fría, como quiera llamársela,  cuando aún estás, o crees estar, en posición de decidir, de controlar, de hacer y deshacer a tu antojo porque aún es pronto, y te acabas de tomar el último y frío sorbo de café, antes de todo eso, uno debe tener sus rituales y métodos para enfrentarse a la traducción con la mente y el corazón limpios limpios limpios como nuestro oficio.  Estos son los míos.

Generación Z

Tiempos difíciles, los que nos tocan vivir. Tiempos en que nada es lo que nos prometieron, en que cada día viene alguien vestido de negro y nos mina un poco la libertad. Tiempos difíciles, los que nos tocan vivir, y todas las promesas que algún día oímos se vuelven más livianas.

Os recomiendo echar un vistazo, si no lo conocéis aún, este breve y punzante vídeo: http://www.youtube.com/watch?v=mC2x5nL_LKk

Hace ya tiempo que le doy vueltas a conceptos, ideas y esperanzas. Un poco a lo «Reality Bites»,  me pasé el verano trabajando, claro, pero también haciendo planes (que ahora llamo castillos de arena) sobre qué quería hacer con mi vida, y formulándome preguntas psico-tóxicas como ¿dónde quiero estar en veinte años?, ¿me conozco realmente? ¿me veo capaz de enfocar mi vida para llegar a ser y hacer lo que yo quiero?, etc. Un proceso infinito, y que hasta cierto punto me hizo perder las coordenadas de la realidad. Total, para enfrentarme al mes de setiembre cargado de ilusiones pero algo ligero de realismo. Como no podía ser de otra forma, la realidad me golpeó en la nariz y tuve que echar la cabeza para atrás durante un rato para cortar la hemorragia.

La situación de dificultades sociales y económicas, y el clima de desconcierto, reivindicaciones e injusticias que acechan el día a día han cuajado en todos nosotros. Y es inevitable que, como generación acabada de salir del horno (y nube de azúcar) que es la universidad, esta situación nos confunda. Me acuerdo cuando hace seis, siete u ocho años apareció en todos los diarios, televisiones y tertulias el concepto «mileurista»; el problema de la pasada década fue precisamente este, la precaria situación de una gran porción de los jóvenes, condenados a ganar un salario estándar de mil euros. Recuerdo ese término, esos debates y esa situación como algo importante, triste, preocupante. Pero no puedo evitar el choque anacrónico de ver como hoy en día la palabra mileurista corresponde sin lugar a dudas a los afortunados. Este término hoy día significa casi estabilidad. Los pobres mileuristas de ayer son los perennes becarios con sueldos de 200 euros de hoy.

Creo que hoy puedo decir que acepto las perspectivas económicas. Pero no las dudas y las quejas infundadas de ciertas personas. Que no estamos preparados, que tenemos la piel muy fina, que hemos vivido mal acostumbrados, en un cojín de oro, que no tenemos ni ética ni voluntad de trabajo porque nunca los hemos conocido.

Sin embargo, cada día que pasa me voy dando cuenta que aunque con despertar lento, poco a poco los jóvenes de este país, tengamos o no estudios superiores, seamos de números o de letras, tengamos 23, 18 o 28 años,  empezamos a demostrar al mundo que podemos luchar por lo que queremos, y muy probablemente merecemos. Hemos sabido cortar de raíz los vicios y malas costumbres de antaño, de las décadas prósperas precedentes, y no cesamos en nuestro empeño de buscar, o amoldar, ese espacio en la sociedad que consideramos nuestro.